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Mi cuaderno de bitácora XIII. del 8/11/05. Etica y Ídentificación Proyectiva
08/11/2005
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Mi diario de bitácora XIII del 8 de noviembre de 2005
La cuestión ética, como podéis ver, no es un tema fácil; aunque debiera serlo. Porque en último término hace referencia al control de los aspectos agresivos del ser humano, a pensar en el otro y hacer las cosas evitando un daño. Físico o moral, es decir, psíquico.
Habitualmente se habla de comportamientos éticos ante situaciones de conflicto entre el ser humano y su parte profesional; pero también social. Y por lo general, lo que me dicta la experiencia de estar con alumnos, cuando os planteáis aspectos éticos lo soléis hacer pensando en situaciones flagrantes: violaciones, agresiones, ataques, racismo, etc. Y sin querer insinuar que estas situaciones no generen complicaciones éticas, creo que atañen a lo que pudiéramos decir, ética gruesa, dura. Sin embargo en la práctica clínica diaria, en la práctica profesional de cualquiera de nosotros, no son estos los casos que se nos presentan. Al contrario, son aspectos finos, aspectos que nos cuestionan continuamente (o nos pueden cuestionar) la conducta profesional y personal a seguir. Y hago esta distinción en contra de mí mismo: no creo que se puedan diferenciar. En estos casos diarios creo que lo que se pone en juego es la “ética fina”, si es que esta clasificación fuese válida.
Os he presentado un caso. Ha sido uno de los que más impacto me ha generado por las complicaciones del mismo. Y porque creo que se pueden percibir una variedad de elementos “finos” en el comportamiento del profesional que cuestionan muchas de sus actuaciones; realizadas, por otro lado, con la mejor de sus intenciones. Y os decía que había varios componentes a considerar. Y de entrada uno que no os señalé: ¿qué pensáis del apasionamiento en el debate? El acaloramiento que se percibía provenía del caso, pero ¿por qué? Este es uno de los principales elementos con los que nos quedamos atrapados. El caso no lo teníais en vuestras manos, era una descripción de lo que me sucedió. Sin embargo la cantidad de aportaciones fe muy elevada, ¿por qué? Contestaros a esa pregunta. A mi modo de ver, el caso había inoculado en vosotros una serie de sentimientos que os llevaban a participar de forma activa. Estos sentimientos, quiero pensar, no los teníais al llegar a las 8:30 al aula. Sólo podían venir de mi explicación del caso. ¿qué fue lo que se pudo activar en vosotros? Fijaros que este es un buen ejemplo de lo que cuando hablábamos de mecanismos de defensa denominábamos “identificación proyectiva” . Pues bien, la identificación proyectiva era en este caso uno de los elementos que complican el comportamiento ético de las personas. Seguramente muchas de las cosas que decíais (e incluso las que no decíais por lo que fuere), estaban “contaminadas” por emociones que provenían de mi exposición.
Una compañera nos comentaba que posiblemente había una identificación por parte del profesional. Sí, en efecto, el tener hijos en ocasiones es un elemento que facilita que, cuando atiendes a un chaval, muchos de los aspectos que presenta se “leen” con una cierta contaminación del hecho de ser padre de un hijo de edades similares. Pero os decía que eso no es algo que uno elije. Os ponía como ejemplo que una compañera me recuerda, con su manera de mirar, a una de mis hermanas. Es un elemento identificador que, como además me llevo bien con mi hermana, me predispone a que también me lleve bien con esta compañera. Esa identificación (en la que podéis ver que hay elementos de comunicación) facilita (pero también puede impedir) la relación. Y ese elemento, en el caso que os conté, facilitó (y también dificultó) algunos aspectos de la relación asistencial. Es, son, mecanismos automáticos que funcionan desde el mismísimo momento de nacer. También le pasará a la pequeña Leonor. Y facilita porque hace posible, fácil, la relación con el chaval. Pero dificulta (o puede dificultar) si estos aspectos me impiden ver a quien realmente tengo delante. Y este aspecto es uno de los que “atan” al profesional con el paciente. (También sucede en la otra dirección)
El hecho de que hubiésemos sido compañeros de colegio, veinticinco años ha, era otra de las ataduras con las que me encontré. Ataduras que, en este caso, no se pudieron trabajar. O no se supieron trabajar. ¿y qué ataduras son estas? Fue un compañero con quien habíamos mantenido una relación cercana y que, como toda relación cercana, tuvo sus más y sus menos. Todavía recuerdo algunos “feos” que nos hicimos y que, con las distancias y el tiempo, no se limpiaron. O al menos es mi sensación (que no tiene por qué ser la de él). Esta relación que supuso conocer a sus hermanos, padres, y que se prolongó durante unos dos o tres años y en el que coincidían aficiones comunes, se actualizó en el mismo momento de nuestro encuentro casual en la calle. ¡Hombre, pero si no has cambiado nada! Y si bien no puedo decir que no se debe trabajar con alguien con quien has mantenido una relación, sí es cierto que la puede complicar. Pero fijaros bien, lo que la complica básicamente, es que no se pudo establecer un espacio para ir deslindando nuestro pasado común con nuestra actualidad presente. Y debemos ser capaces de poder trabajar en estas circunstancias ya que, de lo contrario, ¿quién va a poder trabajar en una población pequeña? Si yo conozco a los de “ca la Tina”, entonces, ¿no voy a poder ayudarles por ser vecinos del mismo pueblo? Mal andaríamos. Lo que deberíamos poder hacer es deslindar aquellos aspectos del pasado que interfieren en la relación presente.
Un tercer aspecto que nos ata y condiciona nuestro comportamiento ético es la realidad en la que trabajamos. No es lo mismo trabajar en los límites de las paredes delgadas de mi consulta, que en los de los gruesos muros de una institución. Aquí, la metáfora de la delgadez de la pared alude a las capacidades de contención que tenemos: lo que no tenemos en las paredes de nuestra consulta debe ser aportado por el profesional. Esa contención, estos recursos, deben ser aportados por el profesional en tanto que uno trabaja “a pelo”. En una estructura mayor, los muros aportan los profesionales que precisamos para atender mejor a los casos complejos con los que nos encontramos. Y en este aspecto también hay que añadir el económico. En muchas ocasiones, dado que también debemos pagar nuestras “hipotecas”, la relación asistencial que se establece en la consulta privada transcurre o puede transcurrir por zonas suficientemente resbaladizas, complejas. Una institución tiene recursos para poder atender “gratuitamente” a quien no puede pagar; cosa que en nuestros ámbitos privados no es posible.
Otro aspecto que atenaza al profesional es el control de los elementos agresivos. Este como podéis pensar, es bastante más complejo. Os decía que como regla general debéis pensar que la relación que se establece entre los padres y el profesional que atiende al hijo es similar, es copia, es una reproducción casi exacta de la que tienen estos padres con sus hijos. Ahí, vosotros, seréis tratados (no voluntariamente, claro,) de la misma forma como ellos tratan al hijo. Y en este caso, los elementos agresivos (el abandono es uno de ellos) se hace presente en la relación. Y el profesional se ve actuando a partir de las premisas de relación que vienen siempre impuestas por el paciente. Y si digo siempre es que es así: siempre. El profesional ahí es una figura transferencial sobre la que recae la estructura relacional familiar. Y el problema ético es cómo actuar, como funcionar, cómo relacionarse con los padres de manera que este aspecto pueda ser visto, entendido, hablado y elaborado por todas las partes implicadas en la relación. Y todas las actuaciones (el dar dinero al chaval para que pueda volver a casa) deben realizarse en el marco de la comprensión transferencial del caso. Eso significa que los elementos de la agresividad que han sido activados, aquellos componentes de la relación que tienen connotaciones desestructurantes, dañinas, estos elementos deben ser elaborados, trabajados por el profesional para no contra-actuarlos. Ahí es donde entra la necesidad de supervisar los casos.
Como podéis ver, muchos son los elementos que se activan en una relación y que, cuando uno está “limitado” por la cuestión temporal, se incrementan o pueden ser dañinos para la propia relación asistencial. Esto se evidencia, por ejemplo, en el momento en el que el profesional se ve tomando la decisión de interrumpir la relación. Y esta interrupción debe realizarse de forma que el niño no salga dañado, sino al contrario, fortalecido de la relación y experiencia asistencial que ha tenido. Y ello obliga al profesional a poder ir elaborando sus propias reacciones contra-transferenciales para que éstas no dañen la relación privilegiada que ha tenido con el caso.
Un abrazo
Dr. Sunyer
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