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Mi cuaderno de bitácora 22 del 2004-05: de miedos y enfados proyectados

12/12/2004

Mi cuaderno 22 del 2004-05

¿No os parece que llevamos unos cuantos días raros? Raros, sí. Como que algo hay en el ambiente que lo hace diferente al que teníamos tiempo atrás, ¿no? Bueno, puede ser que esa sensación sea totalmente personal y que provenga de aspectos que están como salpicando mi vida privada. Pero también cabe la posibilidad de que no sea solamente un elemento personal, sino que venga también activado por algo que aparece en nuestro ambiente, en nuestra atmósfera de clase.

De hecho han sucedido una serie de acontecimientos que han roto, creo, el habitual ritmo de trabajo. Por un lado, perdimos dos clases como consecuencia del tema de la LOPS. Además, el puente de la Constitución y la Purísima ha contribuido a esa ruptura. Estos hechos y otros muchos similares rompen el ritmo de trabajo siempre. El vuestro y el mío. Y el de las consultas en la vida profesional. Son momentos delicados en los que con cierta frecuencia algunos pacientes abandonan los tratamientos. Y estos momentos se prolongan inevitablemente con la interrupción navideña. Forma parte de las circunstancias del calendario. Cada año pasa igual.

Pero no creo que las circunstancias de Calendas sean las únicas que interfieren en nuestra Atmósfera lectiva. Creo que al menos dos son los elementos que inciden y que provienen del propio programa: de un lado la “decepción” de algunas valoraciones de los trabajos, las de los cuadernos de bitácora y el lógico agobio frente a un próximo trabajo que deberéis entregar en breve. El otro elemento guarda relación con los últimos textos que nos están sirviendo de guía para las clases, clases que tienen un elemento “curioso” como incidente que fue la entrevista con J. T., y que creo que (decepción y enfado incluidos), ha introducido un elemento que distorsiona en nuestro clima. ¿Bastan estos ingredientes para “justificar” nuestra atmósfera? Creo que no.

He hablado de los aspectos del calendario, de los textos, de la venida de J. T.; pero creo que hay otro elemento que planea sobre la totalidad del grupo. Independientemente de que cada uno lo sienta así ya que una cosa es el Clima que afecta al grupo como totalidad y otra es el sentimiento individual. Se trata de los últimos ejercicios que hemos realizado en clase. Porque si bien, en un principio, eran “juegos” que hacían más o menos gracia, estos “juegos”, como el del último día, han activado algo que posiblemente teníamos dormido: el miedo. Sí, creo que la atmósfera tiene también este ingrediente. Pero ¿qué miedo es ese?

Pensar en el miedo es bueno; mejor que tenerlo y callarlo. El ser humano en general ( si exceptuamos el personaje del cuento de “Juan sin miedo”, si bien al final sí descubre qué es el miedo), teme cosas, les tiene miedo. Frente a lo que nos resulta desconocido podemos sentir una variedad de cosas importantes; y entre ellas está el miedo. Miedo, esta perturbación del ánimo frente a un peligro real o imaginario, es uno de los ingredientes importantes de las relaciones próximas. Con dos componentes: una externa (miedo a lo que me pueden decir, señalar, ver, por ejemplo), y otra interna (lo que puedo decir a otro, o mostrarle, o verle). Y esta sensación es, de entrada, totalmente normal. Porque cuando los profesionales de la “Psi” miramos a los demás, vemos y observamos sus comportamientos, sus comentarios, sus características, inevitablemente vemos cosas. De hecho vemos las mismas cosas que ven los demás pero con un pequeño matiz: estas cosas que vemos las articulamos con cosas que pensamos y que hemos ido aprendiendo de la teoría. Por ejemplo, si (y tomo como muestra el ejercicio de ayer) veo a un grupo que ha dibujado unas personas diminutas en el extremo inferior izquierdo del papel puedo pensar varias cosas.
· Que están mal dibujados.
· Que muestran un esquema pobre.
· Que indican un elemento a ”regresivo”.
· Que son alusivos a un elemento del pasado.
· Que quienes lo han dibujado no ha “superado” no sé qué etapa de su desarrollo.
· Que muestra un “anclaje” patológico con la figura de su tatarabuela paterna en tanto que aliada inconsciente de un represivo carácter castrador derivado de un ancestro devorador de caimanes.
· Que...

Ahora seamos serios, por favor. De entrada nadie en su sano juicio puede utilizar un dibujo, una representación, un nada como prueba irrefutable del “anclaje patológico con un ancestro devorador de caimanes” Desechada esta posibilidad, ¿de qué miedos estamos hablando? Creo que, al menos dos son los que se articulan, y ambos con un importante contenido proyectivo. Por un lado temo lo que “pienso que el otro puede pensar de mí” Y ese “pienso lo que el otro puede pensar”, como veréis, está constituido por una fantasía personal persecutoria: me persigo con lo que pienso que puede pensar el otro. Esta es la idea persecutoria. Porque, efectivamente, aquí pueden pasar al menos dos cosas: una, que piense realmente lo que yo pienso que piensa. Vale. ¿Es que no tenemos libertad de pensamiento? El pensamiento, como ya vais entendiendo, es el aspecto más libre del ser humano: podemos pensar lo que nos de la gana, como nos de la gana y cuando nos de la gana. Y, efectivamente, entre los miles de millones de pensamientos que se le pueden ocurrir al otro uno de ellos puede ser (por un simple cálculo de probabilidades), coincidente con el mío. Pero, y ahí está lo importante, le negamos la posibilidad que piense el resto de miles de millones de pensamientos que puede tener. ¡Olé! Y la otra cosa que puede pasar es que piense cualquier otra cosa que a mí no se me ha ocurrido. Normal, ¿no? Ahora bien, ¿no percibís un cierto deseo de control sobre el pensamiento del otro? Ese “pensar lo que está pensando el otro y, por lo tanto, inhibirme para que no piense lo que puede pensar si piensa lo que pienso yo sobre mi mismo” ¿no os parece que contiene un elemento controlador del pensamiento del otro? La inhibición sería un mecanismo defensivo frente la posibilidad de que el otro piense lo que va a pensar inevitablemente. Y lo que es más curioso: no paraliza la capacidad de pensar del otro (es imposible a no ser que le demos un garrotazo, le dejemos medio “neque” lo que no impedirá que luego piense lo que le dé la gana), sino que, vaya paradoja, con nuestra inhibición, acaba pensando lo que no quería que pensara sobre mí. ¡Perfecto!

El otro elemento que se articula y que tiene un componente proyectivo es el de la actitud. Temo la actitud del otro. No me fío. Y no me fío porque pienso que puede utilizar esta información para “atacarme”, para hacerme daño. Y si bien es sano disponer de una cierta cautela que aconseja ir mostrándose al otro en la medida en la que voy valorando la fiabilidad que me ofrece, cierto es también que en ocasiones el temor es tan grande que no se corresponde a la realidad del otro. Y es que, me parece a mí, inundo la actitud del otro con aspectos de mi actitud que proyecto sobre él. Es decir, temo que haga conmigo, que tenga la misma actitud que tendría en su lugar frente a alguien que actuara como yo actúo. Y es cierto que el otro nos puede traicionar. Sí. Es cierto que en nuestro carácter catalán (¡cuidado, Miquel con lo que dices, te pueden dañar!) suele anidar la desconfianza como sistema (Fenincio, quizás) que nos hace excesivamente temerosos del otro; actitud que, en lógica reacción acaba confirmando la idea “deliroide” de que no me puedo fiar del otro (“no te fíes ni de tu propio padre”, es una frase que he oído muchas veces). Lo que sucede es que eso es en situaciones de “guerra”. ¿estaremos en guerra con el otro?

Os decía más arriba, que había componentes internos y externos. Los externos ya los hemos visto: son aspectos que el otro (los otros) pueden tener a los que se les añaden los que les colocamos nosotros. Y algunos de los internos también: aquellos que nosotros tenemos respecto nosotros mismos y que, en el momento de relacionarme con los demás, proyecto sobre el otro. Ahora viene la guerra: Si estoy en guerra conmigo mismo, guerra en el sentido de que hay una lucha en mí por una especie de “perfección” que es más ideal que real, entonces puedo entender un poco más el temor al otro. En efecto, si no estoy en paz conmigo mismo en el sentido de aceptar mi forma de ser, mis manías, mis tics y características, si estoy en guerra conmigo mismo, podremos entender que el otro, en tanto que depositario de mis proyecciones sea visto como posible enemigo. Pero no porque realmente lo sea: sino porque estoy en guerra. Porque tengo tal follón conmigo mismo que no me tranquilizo. Que no, que creo que hay un montón de elementos personales que no debieran estar. O que me asusta pensar que los puedo tener. Entonces, en esta tesitura, el otro no está para ayudarme, sino para dañarme. ¿pero quien daña a quien? Creo que yo mismo. No me acepto, no considero bueno tener ese “anclaje patológico con un ancestro devorador de caimanes”, por lo que a la mínima que haya una situación por la que alguien pudiera ver, entrever, ese anclaje, será considerado enemigo potencial. ¿curioso, no, siendo psicólogos?

Retomemos el ejemplo que os ponía de los rayos X. Soy estudiante de medicina y me hago una radiografía de la mano. No veo nada raro al ver mis huesos. Ahí están, tal y como dicen los libros. No era una invención. Es más, se la enseño a mis amigos y nos reímos de mis huesos como me río de los suyos. Pero... nosotros, como “psi” no parece que miremos nuestras cosas con la misma naturalidad. Parece que tenemos “vergüenza” de ver nuestros huesos y que otros nos los vean. ¿Y cuáles serían los equivalentes? Por ejemplo, os decía que si reunís la información que tenéis de mi seguro que sabréis más cosas que las que sé de mi mismo. No sólo de mis elementos familiares, son de mis características psicológicas, religiosas, sociales, políticas. Por supuesto. ¿y qué? ¿me tendría que avergonzar de ser como soy? Me veréis exigente. En ocasiones frágil. Veréis que siento predilección por unas personas más que por otras. Veréis que mi pensamiento es más de derechas que de izquierdas. Que no soy nacionalista, y menos catalanista (lo fui pero la vida me ha enseñado muchas más cosas); por mucho que quiera a mi tierra y a sus manifestaciones y características. Que dudo un montón respecto muchas cosas, que no me gusta el ser fanfarrón y peco por lo contrario, que... en algunas cosas se me puede calificar de “retrógrado”, que... no hace falta mucha psicología para saber cómo soy: solo tenéis que mirarme, escucharme, hablar conmigo... ¿Y ahora qué? ¿os avergonzáis de ser como sois? Pues, sintiéndolo mucho, me caéis de forma fantástica. Y creo que sería incapaz de decir nada en contra vuestra. Y aunque algunos de vosotros os ocultáis más, a los que he ido pudiendo conocer me habéis caído fantásticamente bien. Mirad: nuestras características son como los huesos que miran los estudiantes de medicina. Son cosas normales. Y si por casualidad observamos una deformación en uno de nuestros huesos, si por casualidad nos descubrimos más... timoratos o frágiles, esta es nuestra naturaleza. Somos así.

Pero hay otra cosa que no quiero dejar en el tintero. Hay cabreo, mucho cabreo como consecuencia de haberos sentido engañados al representar a J. T. Este es vuestro cabreo, el vuestro conmigo. Que a penas a salido. Pero, insisto, creo que es más algo que proviene de vosotros que de mí. Evidentemente no pretendo ni engañaros ni, como alguno ha propuesto, jugar con vosotros. No sois conejillos de indias. Entiendo que no satisfago todas las expectativas que seguramente pusisteis en mi persona. Sin embargo no tengo la sensación de que sea un mal grupo ni que nos vaya mal. Habéis trabajado hasta hoy como el mejor grupo que he tenido, o uno de los mejores. La entrevista que realizasteis a J. T., fue tal y como podía ir. Experimentasteis la frustración que corresponde a constatar que la realidad es una y diferente de la que uno espera. Pero luchasteis por saber de él. ¿Que os enviaba a “hacer puñetas”? Claro, normal. ¿qué queréis, un paciente que venga os diga lo que queréis oír, hacer una entrevista bordada...? Me parece que éste es otro pensamiento un tanto curioso, ¿no? ¿cómo lo clasificaríais? De todas formas, si hubiese sido una entrevista “bordada”, ¿de dónde aprenderíamos? Aprendemos de las cosas que nos ofrecen resistencia, no de las otras. ¿cómo iba Newton a descubrir la gravedad si nada se cayese?

Bueno, espero que el miedo lo guardemos en el armario (allí donde se guardan las armas), o en la “taquilla”. Aprenderemos mucho más. Os lo aseguro.

Un saludo.

Dr. Sunyer

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G