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De lo que nos mueve desde fuera o desde dentro
09/05/2001
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De lo que nos mueve desde fuera o desde dentro.
El hecho de que en un momento dado nos aflore una emoción no es ajeno a nadie de nosotros. En unos casos lo vemos lógico y natural. O por ejemplo, ante un hecho cotidiano que nos “afecta” como puede ser una despedida o una desgracia familiar o la obtención de un premio. Ante estas situaciones nadie se extraña al ver que alguien se emociona. Es más, veríamos incluso anormal si ante hechos de esta índole alguien no expresase ningún síntoma de alegría o tristeza. ¿Se imagina el lector que Julia Roberts hubiese recogido el Oscar como quien coge el periódico en el quiosco? A todos nos parecería raro. ¿Por qué tanta frialdad? diríamos. En otras situaciones la cosa comienza a adquirir características un poco sorprendentes. Por ejemplo, ante la entrega de la Copa Davis, podemos ver diversos niveles de emoción y diversos grupos de personas emocionadas. A más de uno de nuestros jugadores, a más de uno de los que estaban presentes en el Palau Sant Jordi y a más de uno de los que lo veíamos por la televisión, nos afloró la emoción. Claro, podríamos decir, a los jugadores les embarga la emoción del éxito alcanzado por ellos. Hasta aquí, la cosa es totalmente lógica. Podemos pensar en lo que conlleva de reconocimiento por parte del colectivo de tenistas el triunfo: los constituyentes del equipo son en aquellos momentos los mejores jugadores del grupo de jugadores del mundo.
A quienes entregaron las copas, por la cercanía que podían tener con los premiados, les aceptamos ese contagio emocional. Contagio que podríamos explicar como que participan de sentimientos similares e identificándose con los vencedores y con el grupo de tenistas y aficionados al tenis se les activaron sentimientos parecidos. Comenzamos a dudar si aceptar este contagio en los espectadores ya que, a fin de cuentas, no participaban tan activamente del hecho; si bien lo podemos aceptar un poco dado que estaban en el mismo ambiente y podríamos decir que este ambiente contribuía al contagio. Pero ya aceptamos menos el hecho de ver a un telespectador emocionarse; y para aceptarlo decimos que “le afecta mucho, que es muy sensiblero”. Es decir, que lo que ve es capaz de generarle emociones semejantes a las que pueden tener los jugadores, o de los que reparten las copas y medallas.
Pero en todas estas situaciones acabamos aceptando como normal la aparición de la emoción. Es algo parecido, podríamos pensar, a lo que ocurre en las películas. Cuántas veces en el cine nos vemos inmersos en emociones que se vinculan directamente a los hechos o vivencias que el director de la película trata, y consigue, transmitir en colaboración con la buena interpretación de los actores. Ahí es un factor clave la capacidad del director de la película y la de los actores en trasmitir y generar unas determinadas emociones en el espectador. Y cuando digo transmitir y generar estoy señalando la capacidad de estas personas en hacer que determinadas emociones penetren en el mundo interno del espectador de forma que se le activen aquellas emociones que desean. En todos estos casos parece que haber varios elementos comunes: Un hecho exterior genera en nosotros un afecto en tanto que consigue penetrar en nuestro interior, y activa determinados sentimientos; y que se manifiestan de formas variadas: el llanto, la risa, la emoción intensa, la rabia. Podríamos decir que algo del exterior tiene la capacidad de activar dentro de nosotros un determinado afecto. Y para poderlo explicar podríamos recurrir a la física.
Recuerdo que cuando era chico, en la clase de física nos explicaban lo que era la resonancia, y para ello utilizaban el ejemplo de la guitarra y el piano: cuando el piano reproducía una nota, vibraba la cuerda de la guitarra que correspondía a esa nota. O viceversa. Algo similar ocurre en estos casos: un suceso del exterior provoca la activación de nuestras emociones. O sea que en nuestro mundo interno resuenan emociones similares a las que percibimos en el exterior. Este proceso por el que identificamos en nuestro mundo interno aquellas emociones que son patentes en la pantalla o en los miembros del equipo de la Copa Davis, es en parte, el responsable de que nos emocionemos o nos enfademos, o nos entristezcamos ante hechos que ocurren a nuestro alrededor. Es un mecanismo absolutamente normal; y en todo caso, la anormalidad podría derivar de la incapacitación que ello nos pudiera ocasionar.
Por ejemplo, hay personas a las que clasificamos de frías, distantes, que muestran la particularidad de no vibrar ( o al menos de no expresar tal vibración) ante los hechos de la vida cotidiana. Y en ciertos ámbitos educativos se potencia exageradamente la no-expresión de emociones con la premisa de que éstas no son útiles ni operativas. Y si bien no podemos tampoco creer que la excesiva sensiblería es lo más adecuado para las relaciones interpersonales, tampoco lo es la frialdad extrema. Y es justamente la incapacitación que puede derivar de una excesiva frialdad o de una inadecuada expresión de nuestras emociones el lugar en el que podemos ver determinadas anormalidades.
Pero por otro lado, este proceso de conectar con las emociones del entorno es necesario: en él reposa la mayor parte de los procesos educativos y de constitución de la personalidad. El hombre, desde su más tierna infancia, expresa sus emociones. Ya el llanto original del bebé cuando algo percibe que anda mal (por ejemplo, cuando tiene hambre), a la aparición posterior de la sonrisa, nos muestra lo genuino de las emociones humanas. Posteriormente aprende a identificar las emociones en relación con las del entorno y a ir perfilando los diversos matices que van desde la rabia y odio al amor. Y junto a éstos aprendizajes, está el de conectarse afectivamente con las personas significativas (padre, maestros, figuras representativas) y, mediante este mecanismo, aprende y desarrolla sus mecanismos de socialización. En psicología llamamos a este mecanismo, proceso de identificación. Al identificarnos con los afectos y emociones de nuestros seres queridos y otras personas que nos resultan representativas (como puede ser de aquel jugador que ganó la copa o con quien obtuvo el Oscar o de aquel maestro con quien me sentí tan cercano), se nos activan emociones particulares que nos hacen vibrar de manera simultanea al otro. De esta forma vamos comprendiéndolo, y a nosotros mismos también en la relación que establecemos con ese otro. Y comprendemos también las relaciones que tienen los otros entre sí.
Ahora bien, este hecho es diferente del que señalaba quien me planteó el tema. Porque no hablaba de que hechos que ocurrían en el exterior (por ejemplo, de que la visión de un cuadro en mi consulta o del sonido de los niños en el patio del colegio cercano le produjese determinados afectos); sino que determinados recuerdos, o el pensar en determinada persona le generaba afectos que, en principio, no se esperaban y que no correspondían en intensidad a lo que para él era tal recuerdo o tal persona. Nos encontramos pues, ante un mecanismo diferente ya que lo que lo genera está en nuestro interior. Trataré de explicarlo despacio.
Las personas nos comportamos en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones de forma similar a como lo hacemos ante un piso que hemos adquirido y que hemos decidido arreglar para vivir en él. Veamos. Dispongo de un espacio y comienzo a buscar cosas para poder vivir en él. Desde cosas más o menos imprescindibles ( la cama, una mesa para comer, unos sillones...) y a comprar otros objetos de tipo decorativo con los que rodearme. Para ello utilizo toda mi capacidad de contactar con el mundo exterior, las tiendas, las revistas del hogar, etc, y voy adquiriendo aquellas cosas que creo me pueden ser útiles. Es decir voy amueblando mi espacio y lo ordeno de forma que me sienta cómodo en él. La única diferencia entre este ejemplo y nuestras vidas es que mientras que en la vida cotidiana adquirimos las cosas y los metemos físicamente en nuestra casa, en la vida psíquica, sólo podemos meter en nuestro mundo interno, una representación de dicho objeto, es decir, su imagen, acompañada de la relación que mantenemos con este objeto, y de los afectos que dicho objeto y relación nos suscitan. Es algo así como si introdujese la “foto del sillón”, junto con otra “foto en la que estoy con mi sillón” y un elemento cualitativo como podría ser “el color del sillón y el de mi relación con él”
Es decir, desde el mismo momento de nacer ( si no antes), vamos introduciendo en nuestro mundo interno una infinidad de elementos (en psicología los denominamos objetos) de forma que uno va equipando con todo ello su mundo interno. Todo ello va constituyendo nuestra personalidad y los puntos de referencia a través de los que establecemos nuestros contactos con el exterior. Ahora bien, estos tres aspectos que he señalado, “la imagen”, la “relación con el objeto” y “los afectos” poseen una característica: pueden disociarse, es decir, pueden ir cada uno por su lado. Es algo así como si pudiese poner “la foto del sillón” en un sitio, la “foto en la que estoy con mi sillón” en otro, y “el color del sillón y el de mi relación con él” en otro lugar. Este último aspecto, que es el afectivo, sería como las fundas que se colocan en los sillones o en algunas sillas de valor. La funda corresponde al sillón; pero no necesariamente esta funda siempre tiene que estar con el sillón que le corresponde. Y si esta funda (que es el equivalente del afecto) puede estar en cualquier lugar, quiere decir que puede estar en otro sillón aunque con una pequeña condición: que se le parezca un poco. Ello tiene una ventaja: podemos cambiar las fundas dando a la sala un aire diferente según la ocasión. E incluso podríamos ocultar los sillones substituyéndolos por otros parecidos dejando sólo las fundas: de esta forma, un visitante creería que está sentado en el sillón auténtico aunque en realidad sólo estaría viendo la funda. El sillón de verdad lo hemos guardado para que no se estropee. O sea, los afectos no siempre van ligados a aquellas personas o situaciones que los originaron, pudiendo ubicarse en otra situación o persona.
Ello hace que cuando una persona se encuentra ante un recuerdo, muchas veces éste le despierte emociones que, en principio, no le correspondan. Es algo así, siguiendo el ejemplo del sillón, como si uno se diese cuenta que se sentó en un sillón cuya funda no le corresponde. Esta sorpresa, al verse repleto de emociones que no esperaba, es la que le sorprendió a quien me propuso este tema. Ahora bien, este proceso que es absolutamente habitual, deberá tener alguna razón de ser; ya que en principio nos puede sonar un poco absurda esta habilidad humana.
Si retomamos el ejemplo del sillón podemos pensar en algunas de las razones por las que separo la funda del sillón original. Una puede ser que no me guste la funda. Si la emoción vinculada a una persona o cosa no me gusta y debo mantener una relación con esta persona, puedo tratar de separar los afectos que me genera para poder seguir manteniendo esa relación. Al disociar puedo en muchas ocasiones establecer determinadas relaciones sin el sufrimiento que conlleva atender a estos afectos. Por ejemplo, cuando una persona, un comercial, por ejemplo, tiene que atender a alguien que no le gusta. Debe disociar. Debe aprender, si no lo ha adquirido ya, la habilidad de disociar los afectos que le genera tal o cual persona y atenderla como debe. En ello hay algo de lo que se denomina actuar como profesional: es decir, disociando los afectos de la persona que nos los genera. Este mecanismo, por ejemplo, lo deben emplear muchas veces los cirujanos: si hiciesen mucho caso de los afectos que les genera una determinada persona no podrían actuar en algunas situaciones extremas.
Otra razón pudiera ser que no le guste el sillón pero sí la funda. Es decir, que le guste los afectos que despierta una situación pero no la situación en sí. Estos casos se dan también con frecuencia. Por lo general lo que se suele hacer es poner la funda en otro sillón. Cuántas personas ponen los afectos que encuentran pero no toleran, por ejemplo, en su casa y los ubican en el trabajo o en el deporte. O viceversa, buscan en casa reconocimientos afectivos que no pueden aceptar el verlos en el trabajo porque el trabajo “ha de ser desagradable por definición”, dicen.
Otra razón podría ser el que uno cree que esa funda “daña o puede dañar” al sillón con el que viene puesta. Es decir, que los afectos que le despierta tal persona son tan fuertes que cree que pueden dañarla o dañar recuerdo de ella; en estos casos, mejor poder separar estos afectos y ubicarlos en otro lugar. Estaba pensando, por ejemplo, en cómo se expresan determinados sentimientos agresivos en los asistentes a un partido de fútbol; sentimientos que posiblemente provengan no tanto del partido cuando de otras situaciones: familia, trabajo, hijos... Es decir, si tengo un serio conflicto con mi jefe y no lo puedo manifestar porque está en juego mi puesto de trabajo, le chillaré al árbitro ubicando en él aspectos que no puedo ubicar en aquella persona. O cuantas veces unos padres deben separar los afectos que les genera una situación del hijo y los colocan bien en cosas exteriores a ellos o en su propio cuerpo presentando enfermedades con importante componente psicosomático. Cuántas madres, por ejemplo, no enferman nunca cuando sus hijos las necesitan y cuando ya son independientes comienzan con problemas que en ocasiones son muy importantes.
Es decir, podemos ir viendo algunas de las ventajas que se obtienen al poder separar los afectos de las cosas. Ahora bien, como señalé en su momento, el problema no estaría ahí, en la disociación como tal. El problema está en el abuso de este tipo de mecanismos. Cuando en lugar de permitirnos vivir bien, ese uso exagerado e incluso inadecuado de la disociación nos lleva a situaciones complejas, es entonces cuando podemos comenzar a pensar que ese mecanismo ya no es adecuado. Y es cuando comienzan a aparecer problemas; que en ocasiones son muy importantes.
Por ejemplo, si los afectos que me activa determinada situación son tan fuertes que no encuentro otra forma de expresión que a través de problemas gástricos, o insomnio, o la bebida... se comprenderá que puedan aparecer problemas de gran importancia. O si estos mismos afectos los ubicamos contra nosotros mismos podemos iniciar el camino de un cuadro depresivo importante. O si los elementos que nos molestan quedan siempre colocados en el otro, pueden iniciarse procesos en los que uno se siente muy perseguido por los demás.
De esta forma creo que el lector podrá haber entendido un poco los mecanismos que de forma involuntaria se ponen en marcha y comprender algunos aspectos de las emociones que diariamente nos embargan. Y en concreto, a quien me propuso el tema, espero haberlo orientado un poco más.
Muchas gracias.
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