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¿Transferencia?

28/11/2000

¿Transferencia?

Como recordarán nuestros lectores, en un artículo anterior hablábamos de lo que podría llegar a suceder entre la persona que era habitual de un café y las que lo atendían. Decíamos que se llegaba a alcanzar una relación particular por la que aquel parroquiano habitual preferiría que le atendiera una misma persona y no cualquier otra persona de la cafetería. No habíamos puesto ningún nombre especial a lo que sucedía en esta relación. Habitualmente podríamos decir que lo que sucede es que uno se hace más amigo de aquella persona que de las otras; y que puestos a ser atendidos, a explicarle algo a alguien, es preferible que lo haga con alguien a quien se le pueda considerar de amigo que a otra persona. O que me atienda alguien que conoce ya mis gustos y manías. Y esto es absolutamente cierto.

Esto, que de momento lo seguiremos llamando amistad, es lo que sucede también con el peluquero, o la peluquera. Evidentemente que cuenta el grado de profesionalidad y de buen hacer; pero la experiencia de vida enseña que por lo general al peluquero, por ejemplo, se le confían determinados comentarios que se escapan de lo que correspondería en el estricto terreno de la profesión. Y que inclusive estos aspectos podrían quedar relegados en buena medida si lo que se percibe es la existencia de una buena relación.

En estas circunstancias se da el hecho de que el tiempo que dura esa relación confiere una característica que hace que la podamos denominar de “amistad”; y que es diferente a lo que sucedía en aquel ejemplo que en otra ocasión (febrero del 2000) señalaba en relación con lo que se le cuenta a un extraño y a quien nunca más uno va a volver a ver. En efecto, lo que le podemos contar, por ejemplo, al taxista no es exactamente lo mismo que lo que le contamos a ese amable camarero que me atiende con una frecuencia elevada, o lo que le podemos contar al peluquero.

Eso que aquí y hasta ahora hemos llamado amistad, en realidad no lo es. Ya que por amistad se entiende una relación mucho más establecida, en la que el “escenario” en el que tienen lugar los encuentros es variado; y es una relación que, por lo general, puede incluir a otras personas. En efecto, los amigos se encuentran en cualquier lugar, comparten situaciones muy diversas y pueden incluir otras personas en el círculo.

Entonces, si no le podemos llamar de “amistad”, ¿qué es en realidad?

En psicología tenemos una palabra que lo define: relación transferencial. Por tal relación entendemos aquella que por sus características de intensidad, estabilidad, cercanía, fiabilidad, durabilidad, contención y discreción posibilitan que surja lo que llamamos transferencia. Claro que, ahora, Ud. se preguntará ¿y qué es eso de transferencia? Porque las únicas que conocemos, habitualmente, son las bancarias. Pues ahora voy a tratar de explicarlo.

En los intentos que la psicología ha ido realizando para comprender al ser humano, una de las cosas que sorprendía era que cuando se sometía a una persona a la hipnosis, ésta podía contar cosas que, en condiciones normales no recordaba. Y se comprobó que, cuando estas personas narraban aspectos particularmente duros, o intensos, o significativos de su vida infantil, experimentaban una mejoría importante; aunque no duradera. Y se relacionó dicha mejoría al hecho de poder hablar de esos problemas o experiencias dolorosas de la infancia.

Siguiendo por este sendero se adentró S. Freud, el que desarrolló el psicoanálisis. Pero, al parecer, no era excesivamente habilidoso en la técnica de la hipnosis, y optó por pedir a la persona que le consultaba por determinados problemas psíquicos, que se reclinase en el sofá del salón de su casa, que era en donde atendía a sus pacientes. En ocasiones le ponía la mano en la frente para facilitarle el relajo, y en esta situación les pedía que contara cosas. Y observó que, efectivamente los pacientes narraban historias, cada vez más vinculadas con sus experiencias infantiles. Y observó, paralelamente, que los pacientes mejoraban; pero esta mejoría, alcanzaba un momento a partir del cual no había progreso. Y en esta situación empezó a comprobar que aquellas personas que a lo largo de un determinado tiempo habían estado contando cosas de sí mismas, comenzaban a generar, sin quererlo, una serie de situaciones embarazosas para él y los suyos.

Dándole vueltas a lo que sucedía empezó a descubrir que los pacientes comenzaban a establecer una relación con él que estaba muy repleta de las mismas características de las relaciones que esta persona había establecido con las personas que habían sido relevantes para ella. Es decir, sin darse cuenta, reproducían los mismos patrones de conducta que habían tenido, bien con sus padres o con algunas otras personas significativas. Y como vio que los pacientes trasladaban esquemas, patrones y significados de aquellas situaciones pasadas a la situación actual, a ese hecho, al hecho de trasladar del entonces al ahora, lo denominó transferencia.

Es decir, por transferencia entendemos aquel fenómeno por el que se trasladan al aquí y ahora de la relación aspectos que tienen que ver con el entonces de la vida del paciente.

Ahora ya podemos acabar de definir lo que entendemos por Relación Transferencial: aquella que por sus características de intensidad, estabilidad, cercanía, fiabilidad, contención, durabilidad y discreción, posibilitan que las relaciones significativas que las personas tuvimos en nuestro pasado se actualicen en el presente.

Con esta idea podemos volver al ejemplo que aparecía en nuestro artículo anterior: en él, describíamos una relación entre un parroquiano y el camarero de un bar. Y podíamos ver que había aspectos en esta relación que, en algunas ocasiones la convertían en especial. Cuando esa relación se convierte en especial, con características como las descritas hoy, podemos calificarla de transferencial. Dicho de otra forma, los humanos, todos, tenemos tendencia a establecer relaciones transferenciales con aquellas personas que nos brindan tal posibilidad. Es un hecho casi automático, y desde luego, no consciente, no voluntario. Uno no va y dice: “voy a establecer una relación transferencial con...” no; sencillamente la establece. Pero no se establece con cualquiera, sino con aquellas personas que nos brindan tal posibilidad: por la confianza, la discreción, la durabilidad, la intensidad, etc.

Pero ahora nos puede surgir otra pregunta: si esta relación la podemos establecer con cualquier persona que reúna determinadas características, ¿para qué ir a un profesional de la psicología para tratar de resolver mis problemas, y por qué este profesional debe estar especialmente preparado?

Iremos por partes. De entrada todo el mundo puede ayudar a todo el mundo. Un amigo, un buen amigo, puede ser una muy buena ayuda en un momento dado. La mujer, el marido, también. Si tenemos en nuestro entorno a alguien que pueda establecer con nosotros una relación que tenga las características descritas, esa persona nos podrá ayudar. Y de hecho es así. ¡Cuántas veces recurrimos a nuestros amigos, hermanos, a nuestro cónyuge, para tratar de resolver determinados problemas! Esta característica es la que nos hace realmente sociables. Si no pudiésemos establecer relaciones que contengan esta característica, andaríamos muy mal. Lo que sucede es que esta relación natural tiene un límite. O dos.

El primer límite es que ese amigo, hermano, cónyuge, puede estar influido por la relación familiar o de amistad. Esta influencia contaminará, y mucho, algunos de los aspectos de la relación que se está estableciendo. Esta contaminación va modificando no sólo lo que cuento y digo o el cómo lo hago, sino que las respuestas del otro también están influidas por estas otras características. Por mucha confianza que le tenga a mi hermano, sus respuestas, o el cómo me escucha, no dejan de estar marcadas por el hecho de que es mi hermano. Y esto lo podemos hacer extensivo a la pareja, o a los amigos. Y por esto al camarero, o al peluquero, en ocasiones, se le cuentan cosas que uno a nadie contaría. Esta ya es una limitación importante. Pero hay otra.

Cuando establecemos una relación con otra persona, la otra también la establece con nosotros. Y como esta relación acabará teniendo, reproduciendo, elementos de mis relaciones tempranas con mis seres representativos, esta persona se va a ver sometida a tales presiones. Y ello repercute en el cómo ella reacciona ante lo que sucede. Si esta persona no ha recibido la formación y el entrenamiento profesional precisos, acabará sometida y sometiéndome, también, a sus propias necesidades. Y en esta situación no me puede ayudar suficientemente bien. Es más, me puede perjudicar porque, ante el posible fracaso de esta ayuda, y tras abrirme tanto, puedo acabar concluyendo que no se puede confiar en ninguna relación.

Es por esta razón que sólo con profesionales que disponen de formación y entrenamiento suficientes, podemos tener la mínima garantía de que la relación transferencial que se establezca sirva y esté al servicio de la resolución de nuestros problemas psicológicos.

Como el lector puede deducir, el problema de la relación transferencial debe centrar el objetivo de todas las intervenciones psicoterapéuticas. Sin embargo, también hay que decir, que no todas las intervenciones psicoterapéuticas consideran la relación transferencial como el eje de lo que podemos denominar básico para el tratamiento. Pero por lo general, estas intervenciones tienen una concepción de la persona más particular, más concreta y, creo, más limitante.

El ser humano no es sólo el resultado de conductas y emociones aprendidas, ni el resultado de comprensiones del mundo más o menos adecuadas. Desde la perspectiva que trabajo, el hombre es un organismo vivo que está en continua interacción con el resto de los seres, y con todo lo que la sociedad ha creado, organizado y organiza. Y esta interacción se da en todas direcciones: de nosotros hacia los demás y desde los demás hacia nosotros. Y en esta interacción aparecen una serie de efectos, de fenómenos, que generan dolor, sufrimiento; y también ilusión y deseos múltiples. Y todo ello, en un continuo movimiento, va dándonos razones para poder desear seguir vivo y contribuir, en la medida que seamos capaces, al desarrollo de la sociedad a la que pertenecemos, la familia, la amistad y de uno mismo.

De ahí que la comprensión de las dimensiones de la relación entre las personas, dimensiones que en buena medida son grupales, puede ayudarnos en beneficio no sólo de la sociedad en la que vivimos y a la que pertenecemos, sino a la de nuestro propio ser y en beneficio de los que nos rodean. Somos seres que como individuos estamos en la frontera entre un microcosmos (nuestro organismo y nuestro mundo mental) y un macrocosmos (los diversos grupos humanos a los que pertenecemos, la sociedad, la humanidad y el universo).

Pero de todo ello seguiremos hablando en próximas ocasiones.

Dr. Sunyer.



 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G